Leyenda del Cristo de la Vega, un romance fallido que tuvo a Dios como máximo testigo

Extramuros de la ciudad de Toledo, en la llamada Vega Baja, es posible divisar una modesta iglesia del siglo XIII. Pasaría totalmente desapercibida si no fuese porque en su interior está la escultura de Jesucristo que dio nombre a la leyenda. Sobre los restos de una antigua basílica visigoda de la que no quedan ni los cimientos, encontramos un amplio atrio donde descansan hoy en día los canónigos de la Catedral de Toledo y que precede a la iglesia en cuestión: la iglesia del Cristo de la Vega.

Como en prácticamente toda leyenda toledana, no puede faltar la figura de dos enamorados. ¡El amor en su expresión más dulce y amarga siempre ha sido un gran punto de inspiración para los poetas! En este caso fue Zorrilla, célebre escritor dramático del siglo XIX, quien difundió una historia trobadoresca que seguramente circuló de boca en boca mucho tiempo atrás.

Los protagonistas de esta leyenda son Diego e Inés, dos jovenzuelos que no compartían las mismas prioridades. Fue un romance breve que nunca dio sus frutos.

La historia, ubicada en la época de Fernando IV, nos presenta a Diego como soldado servidor que, por mala fortuna, debe partir a Flandes a combatir. Hábil con sus palabras y pícaro con sus promesas, acordó casarse con Inés cuando regresase de la guerra.  Ella, falta de confianza y temerosa de no ver ese sueño hecho realidad, le hizo jurar en la iglesia con Jesucristo como testigo que así lo haría a su regreso, y tras esto, Diego emprendió su camino.

El tiempo pasó pero no así las esperanzas de Inés. Dos años después de su partida, mientras se dedicada a sus quehaceres, vio cruzar la muralla a un séquito de soldados precedidos por un capital victorioso. Su sorpresa no pudo ser mayor al descubrir, entre lágrimas y suspiros, que era Diego, a quien habían ascendido como recompensa por su buen servicio.

Él no pareció reconocerla y por mucho que ella insistió en la promesa que tiempo atrás había hecho, Diego no hizo más que tratarla como a una desconocida. Inés, desesperada, acudió a un tribunal en busca de justicia acusando a Diego de falsas promesas, palabras huecas y juegos del corazón. El tribunal apeló a la existencia de un testigo e Inés, desesperada, acabó yendo a la iglesia de la Vega, seguida del pueblo, el tribunal y Diego, dispuesta a suplicar ayuda y consuelo a Jesucristo.

Cuando el juez formuló la pregunta y una vez más Diego negó haber hecho esa promesa, se dice que Jesucristo descolgó su brazo derecho de la cruz, dando a entender que las palabras de Inés eran sinceras.

Se dice que, ante este acto divino tan inesperado como cierto,, Inés y Diego decidieron consagrar el resto de su vida a Dios tras las paredes de un convento.

Hoy en día es posible visitar el Cristo de la Vega y comprobar, con nuestros propios ojos, como tiene el brazo derecho descolgado. No obstante, hace falta un poco de suerte para poder verlo, pues esta iglesia no siempre está abierta al público. Sólo el hombre que vive allí tiene las llaves de acceso.



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